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Wonder Woman en los cincuenta revela la etapa que casi destruyó su esencia

El rescate de las historias de la amazona durante la posguerra muestra cómo el personaje resistió a la censura entre dinosaurios, bodas frustradas y ciencia ficción ingenua.

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La heroína más importante del cómic sobrevivió a una época en la que casi todos sus compañeros de género habían desaparecido de los quioscos. Detrás de esa resistencia no hubo una fórmula solemne, sino una seguidilla de tramas delirantes donde el mito fundacional se mezcló con los temores y prejuicios de la Guerra Fría.

El volumen Archivos DC. Wonder Woman en los cincuenta, editado por Panini Comics en un tomo en rústica con solapas de 17 por 26 centímetros, reúne el material publicado originalmente en Estados Unidos dentro de Wonder Woman in the Fifties. Esta recopilación compila historias extraídas de los números 45, 50, 60, 66, 72, 76, 80, 90, 94, 95, 98 a 101, 103, 105, 107 y 108 de la serie titular de Wonder Woman, junto a los números 56 y 57 de All Star Comics y del 97 al 100 de Sensation Comics. Es un conjunto de relatos imprescindible para comprender la transición entre la Edad de Oro y la Edad de Plata de la editorial, marcado por una profunda transformación estética e ideológica que modificó la identidad de la Princesa Amazona.

La supervivencia de Diana Prince bajo el impacto del Comics Code

A mediados del siglo veinte, el panorama para las historias de justicieros enmascarados era desolador y casi ninguna cabecera lograba mantenerse en imprenta. La creación de William Moulton Marston, el psicólogo que había ideado al personaje en 1941 junto al dibujante Harry G. Peter como una bandera de autonomía femenina, enfrentó una crisis decisiva tras el fallecimiento de su creador en 1947. Quien asumió el timón creativo fue Robert Kanigher, un guionista y editor que condujo el destino de la amazona durante más de veinte años, alejándola de las provocaciones originales para empujarla hacia el terreno de la aventura desenfadada, el cuento fantástico y el melodrama sentimental.

Ese viraje editorial no respondió únicamente a una elección de estilo, sino a una estricta necesidad de supervivencia industrial. En 1954, el psiquiatra Fredric Wertham publicó La seducción del inocente, un polémico libro en el que acusaba directamente a las historietas de corromper a la juventud y señalaba con particular dureza los elementos transgresores de Wonder Woman. El escándalo forzó a la industria a organizarse bajo el Comics Code Authority ese mismo año, un organismo de autocensura previa que vigiló con lupa cada guion para erradicar cualquier rasgo considerado subversivo o moralmente sospechoso por los sectores conservadores.

Bajo este nuevo filtro, las aventuras de Diana se adaptaron a las presiones de una sociedad de posguerra empeñada en devolver a las mujeres al ámbito doméstico. El motor constante de muchos episodios pasó a ser la obsesión de Steve Trevor por casarse con Wonder Woman a cualquier costo, ideando incluso apuestas desleales para comprometerla, mientras ignoraba a su compañera militar Diana Prince. Leído en el presente, ese triángulo revela las contradicciones de una época que intentaba limitar el alcance de su protagonista más poderosa, quien de todos modos encontraba maneras ingeniosas de eludir el altar para seguir defendiendo su libertad.

Pese a ese contexto restrictivo, el ingenio narrativo de Kanigher llenó las páginas de elementos tan inocentes como desconcertantes. La princesa de la Isla Paraíso exploraba nuevos roles en el mundo laboral trabajando como redactora de consultorio sentimental en un diario o como estrella de cine, al tiempo que cuidaba a una cría de tiranosaurio en su tiempo libre. Las tramas enfrentaban a la heroína contra dobles robóticas, villanas de otras dimensiones, invasores extraterrestres en platos voladores y viejas figuras legendarias como Robin Hood, en una atmósfera donde la fantasía no admitía límites lógicos. El volumen rescata además la participación de la heroína en la Sociedad de la Justicia de América, donde guiones a cargo de John Broome y el arte de Frank Giacoia, Arthur F. Peddy y Bernard Sachs atestiguan cómo el grupo relegaba a su integrante femenina más fuerte al papel burocrático de secretaria.

De los grabados antiguos a la estética moderna de la Edad de Plata

En el terreno gráfico, Wonder Woman en los cincuenta permite ser testigo del relevo artístico más drástico que experimentó el título en sus primeras décadas de vida. Durante la primera mitad del tomo predomina la labor de Harry G. Peter, un artista nacido en California en 1880 con una trayectoria que incluía publicaciones históricas como el San Francisco Chronicle y la revista satírica Judge. Cuando dibujó por primera vez a la amazona, Peter tenía 61 años, lo que explica que su trazo sinuoso y bidimensional mantuviera un aire de grabado de principios de siglo que resultaba completamente anacrónico para los años cincuenta, dotando a la serie de una singularidad visual inconfundible hasta su fallecimiento en 1958.

La despedida de Peter abrió la puerta a una renovación total de la mano del dibujante Ross Andru y el entintador Mike Esposito, una dupla que condujo el apartado visual de la colección durante casi una década con un enfoque mucho más moderno, anatómico y cinético. Esta renovación coincidió con el florecimiento de la Edad de Plata, un período que el propio Kanigher ayudó a inaugurar al escribir el debut de Barry Allen en la recordada edición de Showcase en 1956. Andru y Esposito aportarían una limpieza visual decisiva para el renacer superheroico, antes de que el dibujante pasara a Marvel Comics para ilustrar una extensa etapa de Spider-Man, cocrear a The Punisher junto al guionista Gerry Conway y plasmar en 1976 el histórico encuentro entre el trepamuros y Superman.

En esta etapa de renovación, Kanigher decidió reorganizar el canon de la amazona mediante explicaciones minuciosas sobre su armamento y sus facultades sobrehumanas. A lo largo de estas entregas se relata cómo Diana obtuvo su lazo dorado tras superar pruebas impuestas por divinidades, de qué forma ensambló las piezas de su nave invisible o cómo consiguió una tiara capacitada para traducir cualquier idioma. La falta de continuidad rigurosa provocaba que estas explicaciones a menudo chocaran entre sí de un número a otro, pero esa libertad permitía a los autores priorizar el impacto del relato individual por sobre las ataduras cronológicas.

Ese proceso de reinvención trajo consigo un cambio estructural en el origen de sus habilidades, que pasaron a explicarse formalmente como bendiciones directas de los dioses del Olimpo. En paralelo, las páginas de Kanigher y Andru presentaron a Wonder Girl, concebida originalmente no como un personaje independiente, sino como una versión juvenil de la propia Diana en sus años de crecimiento en la isla. Esa denominación marcaría una huella indeleble en DC Comics, al punto de ser reutilizada décadas más tarde para bautizar a nuevas heroínas del sello.

La influencia de esta etapa menospreciada fue clave para las adaptaciones audiovisuales que décadas más tarde masificaron a la amazona. El avión invisible, explorado con recurrencia en estos cómics, se transformó en la pieza insignia de la serie televisiva que Lynda Carter protagonizó entre 1975 y 1979, ciclo que también replicó la dinámica de identidad oculta con el Steve Trevor interpretado por Lyle Waggoner y que presentó a una joven Debra Winger encarnando a Wonder Girl bajo el nombre de Drusilla. Mucho tiempo después, la directora Patty Jenkins recuperó esa misma herencia en Wonder Woman 1984, donde la encarnación de Gal Gadot replica el camuflaje místico de su aeronave robada y compite en pruebas atléticas que recuerdan directamente a las demostraciones de habilidad física que Kanigher ideó en estas historietas.

El material reunido en esta edición no busca ofrecer la gravedad argumental ni el dramatismo de las etapas contemporáneas de la heroína, sino que preserva el encanto de una época ingenua que supo esquivar la censura mediante el puro desparpajo narrativo. Es el testimonio tangible de cómo la amazona logró cruzar la década más hostil para la historieta estadounidense, dejando elementos visuales e ideas conceptuales que todavía hoy forman parte de la identidad fundamental de Diana de Themyscira.

Preguntas frecuentes

¿Qué cómics incluye exactamente este tomo?

El volumen recopila la traducción de Wonder Woman in the Fifties, reuniendo números de Wonder Woman (#45, 50, 60, 66, 72, 76, 80, 90, 94, 95, 98 a 101, 103, 105, 107 y 108), All Star Comics (#56 y 57) y Sensation Comics (#97 a 100).

¿Quiénes fueron los autores principales de esta etapa?

El guionista y editor principal fue Robert Kanigher, acompañado en el dibujo primero por el veterano Harry G. Peter hasta 1958, y posteriormente por el equipo artístico integrado por Ross Andru y Mike Esposito, junto a guiones de John Broome en las historias grupales.

¿Es necesario haber leído la etapa previa para entender el libro?

No, las historias de este volumen fueron concebidas de forma autoconclusiva y con tramas sencillas de aventuras, sin depender de continuidades complejas anteriores.