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Art Spiegelman el autor de Maus sobre el uso de la inteligencia artificial: "He sido vago".

El autor de Maus confirmó que recurrió a herramientas generativas para un elemento de su reedición y despertó duras críticas entre sus colegas.

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Pocos nombres tienen un peso histórico tan contundente dentro de la novela gráfica moderna como el de Art Spiegelman. Que una figura central del noveno arte admita haber recurrido a modelos generativos por pura comodidad tomó por sorpresa a toda la industria y reactivó una discusión urgente sobre la autoría, el oficio y los límites éticos del dibujo.

El debate sobre Art Spiegelman y la inteligencia artificial explotó cuando el historietista confirmó públicamente que utilizó tecnología generativa para ilustrar un sticker de portada destinado a la reedición por el 25 aniversario de su obra In the Shadow of No Towers. Publicado por el sello Pantheon con motivo del aniversario de los atentados del 11 de septiembre, el volumen incorpora una ilustración donde las Torres Gemelas arden convertidas en las velas de una torta de cumpleaños, una imagen cuya resolución técnica provocó el repudio inmediato de colegas y especialistas.

La reedición de Pantheon y el origen del sticker conmemorativo

La revelación surgió de una entrevista concedida por el propio dibujante a la revista Publishers Weekly, donde repasó el proceso de diseño de este nuevo lanzamiento. Spiegelman explicó que su intención inicial era conseguir una imagen que remitiera a la textura de un grabado antiguo. Sin embargo, admitió sin rodeos que la pereza lo llevó a probar herramientas automatizadas para ver qué resultados ofrecían, delegando la redacción de las instrucciones en su esposa, Françoise Mouly, histórica directora de arte de la revista The New Yorker, a quien describió como una persona con gran habilidad para interactuar con el modelo Claude.

Esta determinación técnica cobra una relevancia singular al revisar los antecedentes directos de In the Shadow of No Towers. El libro nació a comienzos de la década de 2000 como una serie de planchas dominicales de gran tamaño concebidas como respuesta visceral a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Viviendo a pocas cuadras del World Trade Center, Spiegelman utilizó esas páginas para procesar el shock individual y colectivo recurriendo a las técnicas formales y al lenguaje visual de las primeras tiras de prensa de principios del siglo veinte.

Aquella obra enfrentó en su momento una dura resistencia editorial en los Estados Unidos debido a su mirada crítica sobre la administración política y el clima bélico de la época. Para sortear esa reticencia en los medios norteamericanos, las tiras tuvieron que publicarse de manera seriada en diarios europeos antes de reunirse en 2004 en un volumen monumental que replicaba la escala física de las historietas dominicales clásicas. En contraste con aquel esfuerzo artesanal y de preservación histórica, el nuevo tomo lanzado por Pantheon presenta dimensiones mucho más reducidas y añade el adhesivo generado digitalmente como elemento conmemorativo. La ironía se vuelve más marcada al repasar la última página del libro original, donde el dibujante reflexionaba sobre cómo las torres parecían volverse cada día más pequeñas con el paso del tiempo, cerrando con un agridulce saludo de aniversario que ahora dialoga de forma extraña con el atajo algorítmico elegido para su portada.

El contraste entre ambos momentos de producción resulta evidente. Mientras que las páginas originales demandaron meses de investigación histórica, rescate tipográfico y un minucioso dibujo manual cargado de referencias a pioneros de la historieta estadounidense, la imagen complementaria de esta reedición prescindió por completo del trazo humano sobre el papel. La liviandad con la que un autor de su envergadura justificó el uso de estas herramientas encendió una alarma inmediata en una comunidad que ya viene atravesando fuertes turbulencias laborales debido a la automatización de tareas creativas.

El cruce de Art Spiegelman y la inteligencia artificial ante sus pares

Las reacciones dentro de la escena internacional del cómic aparecieron de inmediato y con un tono de profundo malestar. El dibujante hispano-estadounidense Víctor Santos, creador de obras reconocidas en el mercado independiente como la novela gráfica Polar, señaló que ver a un referente indiscutido de la historieta recurrir a la síntesis artificial para elaborar una cubierta resulta sumamente triste en múltiples planos artísticos y profesionales.

En la misma dirección se pronunció el ilustrador y periodista especializado Erik Thurman, quien calificó la actitud del autor de Maus como una decepción continua. Thurman planteó además un interrogante de fondo que involucra directamente al circuito editorial formal: si la intervención activa de Françoise Mouly al escribir las instrucciones de la imagen refleja una política más permisiva con respecto a los generadores de imágenes dentro del departamento de arte de The New Yorker, uno de los espacios más prestigiosos para la ilustración tradicional a nivel global.

Ese aspecto institucional fue profundizado por otros historietistas y analistas de la industria. El ilustrador Adriano Moraes advirtió sobre la enorme responsabilidad pública que recae sobre el matrimonio, señalando que la pareja tiene en sus manos decisiones determinantes sobre qué obras y firmas llegan a las páginas de las principales publicaciones culturales del mundo. De acuerdo con su postura, que dos personalidades con semejante ascendencia pública naturalicen el uso de estos atajos tecnológicos nubla las fronteras del debate y perjudica a las generaciones de dibujantes que los consideran ejemplos formativos a seguir.

Por su parte, el cronista e historiador Brian Cronin remarcó que el estatus de leyenda que ostenta el autor no puede servir de escudo frente a la crítica. Reconoció su condición de figura fundamental del medio, pero subrayó que argumentar cansancio o desgano no constituye una razón aceptable para reemplazar el trabajo plástico en la reedición de una obra propia. El escritor Joe Gualtieri sumó su lectura al señalar que este hecho coloca a Spiegelman dentro de una lista creciente de artistas veteranos seducidos por la comodidad de las herramientas digitales modernas, aunque rescató como único atenuante que al menos haya admitido sus motivos sin intentar maquillar la maniobra con discursos conceptuales.

La relación entre Art Spiegelman y la inteligencia artificial no siempre se planteó en estos términos de adopción práctica. En intervenciones públicas anteriores, el propio artista había manifestado reparos considerables hacia el avance de estos sistemas algorítmicos. En aquellos intercambios, relató que había tenido la oportunidad de probar una versión temprana de la plataforma DALL-E cuando el acceso al programa todavía se encontraba bajo invitación restringida, admitiendo que el resultado visual de aquellas pruebas preliminares lo había dejado profundamente decepcionado, a pesar de advertir la velocidad vertiginosa con la que evolucionaba la ingeniería detrás de esas aplicaciones.

En aquel momento, el creador también había demostrado comprensión hacia los reclamos del gremio de ilustradores respecto al riesgo de imitación de firmas, la apropiación de estilos y la infracción sistemática de la propiedad intelectual. En su argumentación, Spiegelman señalaba que cualquier manifestación gráfica que pudiera reducirse a la categoría de producto comercial corría el peligro de ser procesada por tecnologías diseñadas puntualmente para regurgitar mercancías ya existentes. Más aún, llegó a definir la actividad artística como el acto humano irreemplazable de dar forma física a los pensamientos y emociones más íntimas, sentenciando que ningún dispositivo algorítmico estará en condiciones de generar arte verdadero hasta tanto no sea capaz de albergar una conciencia y sentimientos genuinos.

art spiegelman

Esa contradicción directa entre sus reflexiones teóricas y su accionar reciente terminó de caldear los ánimos de sus colegas. La polémica coincidió en el tiempo con una viñeta aparecida en las páginas del cómic Uncanny X-Men, a cargo de la guionista Gail Simone y el dibujante Luciano Vecchio, donde se abordó de manera irónica la irrupción de estas herramientas y la desvalorización del trabajo creativo en el mercado actual. En un contexto donde ilustradores y entintadores luchan por defender sus condiciones de contratación frente a la presión corporativa, las acciones de creadores consagrados marcan un precedente de peso que excede ampliamente la anécdota de un sticker promocional.

Preguntas frecuentes

¿En qué libro de Art Spiegelman se incluyó la imagen generada por computadora?

La imagen aparece como un sticker conmemorativo pegado en la cubierta de la reedición por el 25 aniversario de In the Shadow of No Towers, editada por el sello Pantheon.

¿Qué justificativo brindó el historietista para recurrir a esta tecnología?

En declaraciones a Publishers Weekly, admitió que buscaba una estética de grabado antiguo y reconoció que optó por la inteligencia artificial por pereza, recurriendo a su esposa para redactar las instrucciones del sistema.

¿Cuál fue la advertencia previa que el autor había formulado sobre estas plataformas?

En debates anteriores, sostuvo que el arte requiere pensamientos y sentimientos humanos reales, alertó sobre los riesgos de plagio y describió a estos modelos como mecanismos orientados a regurgitar productos ya existentes en el mercado.

Publicado en: Miscelanea sobre Comics